La arquitectura no es solo técnica o arte: es un reflejo del Dios que ordena y habita su creación. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia muestra a Dios como un arquitecto que diseña el mundo como su templo para morar con su pueblo. Por eso, todo diseño humano, ya sea una casa o una iglesia, debería expresar orden, belleza y comunión, anticipando la nueva creación donde Dios vivirá con los suyos eternamente.
¿Puede un edificio hablar del cielo? ¿Puede la arquitectura ser usada para la Gloria de Dios? La arquitectura está en todas partes: habitamos casas, trabajamos en oficinas, adoramos en templos, y transitamos calles bordeadas por estructuras que comunican orden, caos, belleza o abandono. Pero rara vez nos detenemos a pensar en lo que estas formas físicas dicen sobre nuestra humanidad y sobre nuestro Dios.
Este ensayo parte de una premisa profundamente bíblica, pero pocas veces explorada: el acto de diseñar y construir espacios es un eco visible de una realidad invisible: fuimos hechos a imagen de un Dios que, como un arquitecto, ha fundado el universo con un propósito: habitar con su pueblo redimido. Estos conceptos repercuten en cómo vemos los espacios privados y colectivos. El diseñar y habitar deben perseguir la gloria de Dios.
Primeramente, veremos cómo la arquitectura busca la belleza, el orden de los espacios con la finalidad de ser habitados por el ser humano. En segundo lugar, se presenta como este deseo por el diseño bello y funcional en los hombres viene no de ellos mismos sino de su creador. Seguidamente, exploremos cómo Dios y su obra expuesta en los primeros capítulos del Génesis sirven como modelo para la arquitectura y la vida. Finalmente, se darán las implicaciones prácticas de estas verdades reflejadas en la Escritura.
La arquitectura como arte funcional y bello para ser habitado
La belleza es un principio esencial en el arte y, por extensión, también lo es en la arquitectura. El renombrado arquitecto mexicano Luis Barragán dijo: “La arquitectura es el arte de organizar el espacio, no solo para satisfacer las necesidades funcionales del ser humano, sino para elevar su espíritu a través de la belleza y el orden.” [1] Esta frase destaca que la arquitectura combina funcionalidad y estética, creando espacios que satisfacen necesidades humanas mientras inspiran belleza y armonía.
El arquitecto, en esencia, desea crear orden y belleza para que el espacio pueda ser percibido y disfrutado por quien lo habita. Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿de dónde proviene este impulso humano por el orden, la belleza y la función? La cosmovisión cristiana sostiene que este deseo surge del hecho de que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
El arquitecto, en esencia, desea crear orden y belleza para que el espacio pueda ser percibido y disfrutado por quien lo habita.
La imagen de Dios y la creatividad arquitectónica
Ser creado a imagen de Dios implica mucho más que tener intelecto, emociones o voluntad; también significa ser un ser creativo, con la capacidad de ordenar, formar y llenar. Como señala un autor: Dado que los humanos están hechos a imagen de un Dios creador, son seres creativos llamados a traer orden y belleza al mundo. Esta obra creativa es un acto de adoración, una participación en la obra creadora continua de Dios.[2]
Si el hombre es imagen de un Dios creador, entonces su impulso por diseñar y construir es un eco de esa imagen. En otras palabras, si el ser humano es arquitecto, es porque el creador del universo le otorgó esa capacidad. Pero, ¿se puede describir a Dios como un arquitecto? ¿hay base bíblica para esto?
¿Es Dios un arquitecto?
Aunque la Biblia no llama literalmente a Dios “arquitecto”, presenta su obra de creación como una labor de diseño y construcción. Diversos textos bíblicos refuerzan esta imagen:
- Éxodo 25:9: “Conforme al modelo que te he mostrado en el monte”. Dios da instrucciones detalladas para la construcción del tabernáculo.
- 1 Crónicas 28:11–12, 19: David entrega a Salomón los planos del templo que, según el texto, provienen de Dios mismo.
- Jeremías 10:12 y Proverbios 3:19-20 hablan de cómo Dios “ordenó” y “afirmó” la tierra con sabiduría.
- Job 38:4-7: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?… ¿Quién ordenó sus medidas?…”
Todos estos textos muestran que Dios actúa como diseñador, constructor y organizador. Pero hay un pasaje clave para comprender cómo Dios se ha revelado como un arquitecto que prepara un espacio para la función de habitar. Génesis 1 no solo describe la creación del universo, sino el diseño deliberado de un espacio sagrado que Dios ordena y llena para habitarlo.
Dios como un arquitecto
Antes de probar lo anterior, se debe afirmar que Dios es descrito como creador en Génesis 1:1: “En el Principio creó Dios los cielos y la tierra”, es decir, crea todo el universo. Luego viene el versículo 2, uno de los versículos más polémicos de la Biblia: “Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.” El autor de Génesis, luego de hablar del universo, se enfoca en la tierra y la describe como “sin orden” y “vacía”. Algunos han argumentado que este versículo demuestra la existencia de una primera creación y que esta se echó a perder[3]. Pero según John Walton, este versículo “no describe un caos, sino un mundo al que aún no se le han asignado sus roles ordenados y funcionales”[4]. Es decir, el mundo aún no está listo para ser habitado por Dios y el ser humano. En la mentalidad hebrea antigua, lo que aún no cumple su propósito o no tiene orden no existe plenamente.
No analizaremos el texto al detalle, pero podemos decir que, del día 1–al 3 — Dios ordena: separa y establece las funciones del tiempo (día/noche), el espacio (cielos, mares, tierra), y el entorno habitable. Y del día 4 al 6 — Dios llena: coloca cuerpos celestes, animales, y finalmente al ser humano, quien será su imagen y representante en la tierra. Dios está cambiando el estado de la tierra descrita en el versículo 2, Dios la ordena y la llena, como un arquitecto. Pero ¿para qué la ordena y llena? ¿Qué quiere Dios revelar en lo expresado en el capítulo uno? ¿Cuál es el propósito final de Dios con la tierra y los seres que ha puesto en ella?

La respuesta la encontramos en el capítulo 2:1-3: “Así fueron acabados los cielos y la tierra y todas sus huestes. Y en el séptimo día completó Dios la obra que había hecho, y reposó en el séptimo día toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el séptimo día, y lo santificó, porque en él reposó toda la obra que Él había creado y hecho.”
Muchas veces escuché la interpretación tradicional, la cual nos dice que se nos quiere enseñar que Dios no descansa, pero fue colocado su “reposo” en el pasaje para que nosotros también tomemos tiempo para descansar. Otra interpretación conocida, el pasaje, mostraría el reposo de Dios como un modelo para el Sabbat que los israelitas debían celebrar en el séptimo día de la semana. Esto último se puede ver en Éxodo 20:8-11: “Porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, y descansó en el séptimo día; por tanto, el Señor bendijo el día de reposo y lo consagró.” Si la misma ley está estableciendo una conexión con el día de reposo, ¿Cuál será el concepto detrás del reposo de Dios? ¿Dios necesita descansar?
Para responder estas últimas preguntas, veamos primeramente cómo se interpretaba en el antiguo Oriente el concepto de reposo asociado a los dioses de los pueblos. Jacobsen, un destacado asiriólogo, describe cómo en la mitología mesopotámica, el descanso de los dioses tras la creación o el establecimiento del orden cósmico ocurría en un templo, simbolizando su autoridad y presencia. En su análisis del Enuma Elish, señala que Marduk, tras ordenar el cosmos, estableció su templo Esagila como lugar de descanso y gobierno[5]. Estos autores no cristianos confirman que, en la cosmovisión del Antiguo Cercano Oriente, el descanso divino no era un simple cese de trabajo, sino un acto de entronización en un templo, que representaba el cosmos ordenado.
En segundo lugar, vemos el trabajo de John Walton, especialista en el Antiguo Testamento, conocido por su enfoque en la cosmovisión del Antiguo Oriente Próximo, para interpretar la Biblia, particularmente Génesis. Él nos dice que el patrón que vemos en Génesis 1 donde Dios ordena y llena la creación y su reposo en Gen. 2 tiene un patrón. Este patrón creador tiene una clave teológica profunda: la creación como templo. Según John Walton, en su obra The Lost World of Genesis One, Génesis 1 no solo narra la creación del mundo, sino la preparación de un espacio sagrado, un templo cósmico en el que Dios va a habitar. Por lo tanto, el séptimo día (el reposo de Dios) no implica que Dios descansa, sino que entra a reposar en su templo, en el mundo que ha creado y ordenado. Walton explica: “El reposo divino es una imagen de residencia, de Dios habitando en su templo para gobernar desde allí”. [6]
¿Esto se puede demostrar en otros pasajes de la Escritura? Veamos como el salmista habla del “reposo de Yahvé” como se expresa en Salmo 132:13-14: “Porque Jehová ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí. Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque lo he querido.” En este pasaje, el reposo de Dios no es simplemente inactividad, sino presencia divina en su morada, específicamente en el templo.
Dios quería que la tierra fuese su lugar de gobierno y morada pero también un espacio sagrado donde habitar con los seres humanos: Adán y Eva caminaban con Dios en el huerto (Génesis 3:8), lo que sugiere una relación de comunión íntima en un espacio diseñado para habitar juntos. En otras palabras, el Edén era un templo, y Dios habitaba con el ser humano. Como dice Greg Beale:
“El Edén era el primer templo, el lugar donde Dios moraba con el hombre. Todo lo que el templo terrenal representaba ya estaba presente en el jardín del Edén.”[7]
Con la entrada del pecado, los seres humanos son exiliados del templo terrenal donde disfrutaban la comunión con Dios. Walton ve la expulsión de Adán y Eva del Edén-templo como la interrupción de su rol sacerdotal y comunión con Dios, restaurada progresivamente en la promesa de Redención (Gén. 3:15). Desde ese momento Dios usaría el tabernáculo en el desierto y el templo para que fueran el lugar de encuentro con su pueblo, pero ahora mediado por un sistema sacrificial expiatorio. Estos tipos anticiparon la obra de Cristo Jesús como Dios hombre que habita con el hombre (Juan 1:14) para ser el Cordero sacrificial que restaura la comunión con Dios de aquellos que por la fe se acerca a Él.
El propósito de la arquitectura de Dios no se frustra, sino que alcanza su máximo esplendor cuando Dios en Cristo mora en el templo de la Nueva Creación con todos los redimidos como lo expresa Apocalipsis 21:3 “Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.”
Este patrón de Gén. 1 y 2, repetido el tabernáculo, el templo de Jerusalén y culminado en la visión de Apocalipsis 21–22, muestra que la historia de la Biblia puede leerse también como la historia del Dios que diseña espacios para habitar con su pueblo. Desde el Edén hasta la Nueva Jerusalén, Dios no solo quiere redimir personas, sino también espacios. Beale lo resume diciendo: “Los templos del Antiguo Testamento fueron diseñados simbólicamente para señalar la realidad escatológica de que la presencia de Dios en el tabernáculo, antes limitada al lugar santísimo, se extenderá a toda la tierra” [8]
Hasta acá hemos visto que Dios como si fuera un arquitecto ordenó el caos del principio y lo llenó con los animales y los seres humanos. Su propósito original siempre ha sido crear el espacio para habitar con la humanidad redimida. Este propósito se cumple plenamente en Cristo, que morará con su pueblo en el templo de la Nueva Creación, una arquitectura redimida completamente en Cristo Jesús. Ahora, ¿qué desafíos nos deja estos conceptos aprendidos en este artículo?
La arquitectura como eco del templo cósmico
La arquitectura no es neutral. Los espacios que construimos reflejan nuestras creencias, valores y esperanzas. Desde una perspectiva cristiana, todo espacio diseñado debería reflejar el patrón de Génesis 1 y 2: orden, función, belleza y comunión con Dios.
En espacios religiosos:
- Las iglesias deben ser diseñadas como espacios de encuentro entre Dios y su pueblo por medio del evangelio. No se trata de lujo ni estética por sí misma, sino de diseño intencional: que el púlpito esté al centro, que la Palabra tenga protagonismo visual y simbólico.
- Cada forma arquitectónica debería contar la historia bíblica y apuntar a la gloria de Cristo.
En espacios personales y familiares:
- Nuestras casas deben ser lugares donde el orden y la belleza inviten a la comunión familiar. Se pueden dedicar rincones para la oración, la lectura bíblica y la adoración en comunidad, como anticipación de lo que será la vida eterna.
- Mientras tanto, el pecado nos ha alejado de la comunión con Dios. Pero gracias al evangelio, por medio de Cristo hemos sido reconciliados. Ahora cualquier espacio puede convertirse en lugar de adoración, no por sus materiales sino porque el corazón de los que lo habitan ha sido transformado.
- El pecado nos alejó del templo de Dios, pero en Cristo ahora podemos tener comunión con Él. Que nuestras casas sean templos vivientes, donde se adore, se enseñe la Palabra y se experimente una comunión que refleje el cielo.
- Que cada espacio invite a recordar que fuimos creados para habitar con Dios, y que por Cristo seremos restaurados para vivir con Él eternamente.
En cuanto al rol del arquitecto como “imagen” de Dios
- El arquitecto no es solo un diseñador técnico, sino un colaborador espiritual con el Creador.
- Su vocación refleja el orden, la sabiduría y la belleza de Dios.
- La arquitectura como acto de adoración, Como decía Abraham Kuyper: “No hay una sola pulgada en todo el dominio de nuestra existencia sobre la cual Cristo, quien es soberano, sobre todo, no clame: ¡Mía!” [9]
- Los espacios deberían reflejar el patrón de Génesis 1: orden, función, comunión, diseñamos hoy como una anticipación del Reino, donde Dios habitará con los suyos.
Que bueno sería que la arquitectura se convirtiera en una ilustración de toda la narrativa bíblica, del plan eterno de Dios, de una ilustración para compartir el evangelio: “Mira como este espacio estaba desordenado, no tenía funcionalidad y estaba vacío pero un arquitecto lo ordenó, le dio funcionalidad y lo hizo para que nuestra familia viviera en comunión y amor. Eso mismo es lo que Dios hizo en el principio y eso es lo que Dios desea hacer habitar en la Nueva Creación con todos aquellos que han puesto toda su confianza en Él…” y así compartir las buenas nuevas de Cristo Jesús.
Que bueno sería que la arquitectura se convirtiera en una ilustración de toda la narrativa bíblica, del plan eterno de Dios, de una ilustración para compartir el evangelio
Referencias
[1] Luis Barragán, Pritzker Prize Acceptance Speech, 1980, citado en Emilio Ambasz, The Architecture of Luis Barragán (Nueva York: Museum of Modern Art, 1976), 12.
[2] Leland Ryken, The Christian Imagination: The Practice of Faith in Literature and Writing (Colorado Springs, CO: WaterBrook Press, 2002), 44.
[2] Kistemaker, Simon J. 1991. Comentario al Nuevo Testamento: Hebreos. Libros Desafío.
[3] Arthur C. Custance, Without Form and Void: A Study of the Meaning of Genesis 1:2 (Brockville, ON: Doorway Papers, 1970), 7.
[4] John H. Walton, The Lost World of Genesis One: Ancient Cosmology and the Origins Debate (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2009), 93.
[5] Thorkild Jacobsen, The Treasures of Darkness: A History of Mesopotamian Religion (New Haven: Yale University Press, 1976), 95-97.
[6] John H. Walton, The Lost World of Genesis One: Ancient Cosmology and the Origins Debate (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2009), 73.
[7] K. Beale, The Temple and the Church’s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2004), 66-70.
[8] G. K. Beale, A New Testament Biblical Theology: The Unfolding of the Old Testament in the New (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2011), 634
[9] Abraham Kuyper, Sphere Sovereignty, en Abraham Kuyper: A Centennial Reader, ed. James D. Bratt (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1998), 488.




